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© 2014 Elizabeth Vorony

lunes, 1 de julio de 2013

Esa asfixiante evocación de hallarse amado y precisado; aquel cruel amanecer escarlata, orgía de nubes ponzoñosas portadoras de una maldita infección de premoniciones que te erosionan la mente, larva de impulsos y temores, hiel de anhelos lacerantes que no logras desprender de tu ultrajado y malversado pecho, volcán subconsciente de cenizas frívolas que te succionan la vida como sanguijuelas.

Fantasmas de risas que hipnotizan el ímpetu y mastican tus posibilidades; rastreros infelices que incendian paraísos tangibles; aquellas amargas voces infernales que anidan en brutales abortos previos. Leyenda de ignorancia e inseguridades colosales, sugerencia exasperada por increíbles justificaciones no mundanas y milagrosas.

Esa atadura vil e hipócrita que tan idolatrada y erróneamente ha sido impulsada a través de toda la condenada historia del hombre, aquella estela de bioquímica maldita y voraz; engreída y enmascarada meretriz acristalada entre ciencia y divinidad, impostora de triunfos y virtudes, mojigata del deseo y la libertad, horror de la introspección y fortaleza individual. Presagio de la extinción y antagonista oriundo del raciocinio; omnipotente masacre invicta.