Acariciar unos muslos derretidos en el mismo ojo del huracán.
Poner las palmas en la flama que hierve oscilando entre los rayos del sol y la arena en tus labios.
Respirar con tus entrañas tu mismo dolor y hacer arte como esporas, suspirar alientos fantasmales no efímeros y constantes.
Desplazarse en ayunas por la niebla de esas coníferas y entregar la carroña al universo.
Desternillarse en compañía de un par de ojos que te miran empañados de lujuria dentro de tus dendritas decadentes.
Magrear ese nudo en la garganta con tus propias llagas hechas de vivencias indelebles, irreales; pólvora del cosmos.
Estremecerse con el eco fugaz de tus palpitaciones y librarlas en un cáliz de cristal y cera...
Gritarle al silencio su contagiosa soledad - matriarca del olvido y la demencia...
Urdir música con tu decrépita y carcomida osamenta vaporosa - la exterior ...
Desesperarse ante la analogía de nuestros parpadeos y tropezar rendidos en una nube de musgo...
Encorvarse al sendero limítrofe de tu ímpetu insano y bañarse en magma misma...
Fornicar con tus quimeras aledañas y saturarse de tus propios sentidos - una noche a la luz de tus
fluidos...
Beber de la sangre que como esporas flota en el piélago de tus impulsos...
Enterrar las uñas en una fosa de saliva seca y escanciar agua de las piedras...
Incorporarse ante el crujido de la decadencia que emana de tus miedos...
Cerrar los ojos y tirarse de un precipicio tan alto como tus errores...
Desencadenarse de una soga de susurros inertes que caen como lluvia en tus días frágiles...
Besarle desde el cuello y oler su sexo, tocar sus cabellos y abrazarle a su fantasma...
Darse cuenta que no es más que una brisa gélida en tus calientes anhelos y que ante todo,
el sudor de su torso se fundió en una copa de licor con tu lastimado e impenetrable sentido del
deseo...
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