...Regresaste en una melodía tan apasionada y desgarradora, tan indeleble como corrosiva, empujas todo mi ser y mi confianza al abismo color de tus ojos, perfume de tus lejanas caricias. Cruel y firme me arrancas lo poco de cordura que me quedaba enterrada bajo mis sucias uñas llenas de nada, me hierves el pecho en saliva.
Como hoja marchita en fatídico ocaso entre una lluvia de tinta intocable y un poco de sonrisas desequilibradas, tu piel caliente se funde en el inerte pasado junto al crepitar de mis inevitables amaneceres melancólicos.
Te he pertenecido más allá de las entrañas y por supuesto más allá de los retratos, me haz hechizado con tu cantar siniestro y blanco, marcaste mis esquemas con tu seminal firma y sembraste en mi tierra desnutrida la semilla del aliciente más grande que jamás tuve, aquel que desgarrados vimos caer entre el invierno y mis aullidos.
El declive de un imperio fue marcado entre mis muslos, aquellos en los que te guardabas del frenético cosmos y por los cuales enloquecías y peleabas a muerte; endebles pilares de mármol que fallecieron a tu partida.
Soberana dehesa de un ayer profundo y nítido, hogar de nuestros sueños y baúl de nuestra leyenda, aquel sitio paralelo a la decadencia, nuestra guarida de perpetuo otoño, de estrellas escarlata, azul celeste indestructible y oscilantes moléculas de oro...
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